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el ritmo que nos mueve

el entrenamiento

Mi entrenamiento consiste en levantarme a las 7:00 a.m. Desayunar y bañarte en treinta minutos. A las 7:30 leer el primer cuento. A las 8:15, el segundo; el tercero a las 9:00; 9:45 el cuarto y el último a las 10:30.
Después salgo hacia el centro con la intención de escuchar los diálogos y tratar de conversar con al menos, cuatro personas de apariencias y edades diferentes. Anoto lo que me parezca interesante, pero sólo anotaciones de dos o tres líneas.
Para las 12:00 tengo que estar en una banca de algún parque, bajo los árboles, para mirar el movimiento de las cosas, ver caminar a las personas e imaginar el rumbo hacia donde se dirigen. De ahí me regreso a casa para comer a la 1:00. Descanso de 1:30 a 3:00, y si es posible, duermo en ese tiempo.
De 3:00 a 3:30 leo el sexto cuento del día; a las 4:20 el séptimo; el octavo a la 5:00; noveno a las 6:00 y el último a las 7:00, para terminar a las 8:00. De ahí paso a cenar, y a las 8:30 camino por la calle hasta las 9:30 que regreso a la casa.
A esa hora voy hacia la habitación y me siento frente a la máquina de escribir, esperando que todo el entrenamiento haya valido de algo.

mi librero

Tengo un librero que mide dos metros y guarda doscientos libros. Lo trajeron entre el carpintero y su hijo, quienes idearon la manera de colocarlo en mi habitación sin que raspara en las paredes. Esa noche acomodé cronológicamente los libros.
Su color es café y tiene un sutil olor a madera. Se compone de seis espacios de treinta centímentos cada uno. Reposa a un metro de mi cama y a un lado de la ventana. No cabe otro libro más. Si compro alguno, retiro el que menos utilice. Quiero que guarde sólo doscientos libros, los mejores doscientos libros. Por eso el librero es el mueble favorito de mi casa.
El único defecto es que, como todos los libreros, desaparece mientras duermo, desordenando los libros que acomodo cada mañana.

el mago

el mago

Ana fue quien lo vio. Advirtió que venía un tipo extraño hacia nosotros y todos callamos para escuchar lo que diría. El mago, sin presentarse, nos habló del destino, diciendo que todo estaba marcado, y que para demostrarlo, adivinaría el número que yo pensara del 1 al 100. Imaginé el 18, después el 37, el 52, 65 y por último el 79. Escribió sobre un papel, lo dobló y lo llevó al bolsillo de la camisa de mi amigo. Pidió que dijera el número: 79, respondí. Mi amigo desdobló el papel y nos enseñó el 79 escrito. Ana me miró exaltada, y apretó mi mano.

Con esto, nos dijo el mago, demostré que el destino ya está hecho. No hagan planes, no busquen otras opciones, nos aconsejó, y siguió diciendo que cada uno tenemos un fin y todo conspira para que lleguemos a ese punto. Finalmente nos dijo que el mundo está hecho de señales que nos rodean y que no obedecemos, ni siquiera miramos.

Como no me gustó su argumento, pensé en hacer lo primero que se me ocurriera para demostrarle que el mundo también está hecho de impulsos, no sólo de señales. Tomé la botella con la intención de estrellarla en la mesa, pero Ana se levantó casi enseguida, y se alejó de nosotros. Los demás creyeron que se dirigía al sanitario o a la barra. Sólo yo miré que se iba rumbo a la puerta de entrada, la abría, y la cerraba tras ella.

el mundo en movimiento

Después de tres días de permanecer en casa, salí a caminar para asegurarme de que el mundo seguía en movimiento. Para mi fortuna, nada había cambiado: las personas andaban bajo el mismo ritmo y los coches transitaban a distintas velocidades. A los minutos me encontraba de regreso con una pregunta que se hacía cada vez más latente: ¿habré cambiado yo?

el escritor

Hubo un hombre que quiso ser escritor. Creía que publicar era una cosa seria, así que todo lo que escribía lo corregía de inmediato (no quería publicar algo de lo que después se arrepintiera). Pasó el tiempo, y aquel hombre seguía con la firma idea de querer ser escritor, pero por su excesiva correción ningún texto pasaba del primer enunciado. Cuando murió encontraron en una hoja, su obra completa.

texto bomba

texto bomba

El autor siempre busca fulminar al lector. Es así que se convierte en presa, en la víctima de una persona que no hace más que expresar, compartir y aniquilar.
Mis textos preferidos son los textos bomba. Estos textos están en cualquier lado y no son predecibles. De pronto te encuentras sumergido en su lectura y empiezas a descifrar las conexiones que te harán estallar. Estos escritos te atrapan, y una vez que te limitan en el lugar y espacio, no queda más que esperar la inminente descarga de la última oración. Siempre hay un punto donde el arma se prepara, donde la mano del autor esta lista para jalar del gatillo y ¡pum!, fulmina al lector. Los textos bomba explotan al final, y sucede si el lector lo permite (las explosiones acomodan las ideas, organizan ciertas partes irresolubles para convertirlas en funcionales, y así, las descargas cada vez constantes se van volviendo parte de nuestra formación como escritores, como lectores, como personas.)
El escritor tiene la obligación de advertirle al lector, que probablemente al terminar de leer, se encontrará en otra parte. Argumentarle que no volverá a ser el mismo cuando haya acabado. Y terminar diciéndole: ¿te arriesgas?

lo radical de ahora

Ahora lo radical es no hablar,
no usar la tecnología,
no salir a manifestarte,
no maldecir,
no violar las reglas,
no votar,
no sentir,
no llorar,
no expresarte.

el tiempo

Hubo un hombre que dependía de su reloj para vivir. Por años, en ningún momento lo dejó de usar. Pero una noche, en esos momentos donde uno manda todo al carajo, tomó su reloj y lo arrojó a la avenida. Ese fue su primer día de 30 horas.

la fortuna de un hombre

Es fácil recomendar un escritor o un libro. Es por eso que me gustaría empezar la nota diciéndo que para leer el escritor que a continuación nombraré, me tardé un año. Claro, me tardé más, pero específicamente un año después de que compré una antología de sus cuentos.
Me inclino por la narrativa. Me gustaría pasar muchos años escribiendo cuentos. A pesar de eso, no había tenido la oportunidad de leer a Guy de Maupassant (bueno, sí la había tenido pero prefería otras lecturas). Así que hace dos días tomé su libro, lo abrí al azar y leí El collar (un relato lleno de las apariencias que siempre engañan); después El vengador y La declaración (con tema de índole moral); luego Una venganza (donde se toca el tema del condicionamiento, antes de que las teorías de Pavlov se conocieran), y fue cuando me di cuenta que Maupassant se había convertido en unos de mis escritores favoritos. Sin dudarlo, seguí con la lectura de La cama número 29, Bola de sebo (ambos textos recurren al tema de la prostituta y la sociedad); Rosita (texto donde se confía uno de los secretos más ocultos de las mujeres), El ejemplo (donde se habla del vouyerismo).
Ahora puedo abrir el libro, que reposa en mi cama, y encontrarme con una docena de cuentos que aún no he leído. Es domingo y tengo todo el tiempo del mundo. Sí, todo el tiempo del mundo para leer. No hay más fortuna que ésa para un hombre.

los textos de Carolina

los textos de Carolina

Es común que uno pierda su paso ante las cosas. Es fácil olvidarnos a nosotros mismos. De pronto nos hallamos ante la incertidumbre de quienes somos y no encontramos respuesta. Pero así como nos perdernos, siempre habrá algo que nos reubique, que nos reicorpore en el camino que habíamos olvidado.
Ahora me topé con los textos de Carolina, y recordé lo que buscaba.

Lado A del mundo, según Roberto Artl en El Juguete Rabioso

Lado A del mundo, según Roberto Artl en El Juguete Rabioso

"Todo me sorprende. A veces tengo la sensación de que hace una hora que he venido a la tierra y de que todo es nuevo, flamante, hermoso. Entonces abrazaría a la gente por la calle, me pararía en medio de la vereda para decirles: ¿Pero ustedes por qué andan con esas caras tan tristes? Si la vida es linda, linda... ¿no le parece a usted?"

Lado B del mundo, según Roberto Artl en El Juguete Rabioso

"Hay momentos en nuestra vida en que tenemos necesidad de ser canallas, de ensuciarnos hasta adentro, de hacer alguna infamia, yo qué sé... de destrozar para siempre la vida de un hombre... y después de hecho eso podremos volver a caminar tranquilos."

el reto de hoy

Ahora, mientras recorría el blog, me di cuenta que cada texto que he publicado ha sido apartir de una corta o larga reflexión, así como de unas dos o tres revisiones antes de colocarlo en la página. Y si no tengo ningún motivo para justificar los detenimientos que los textos me han hecho tener hasta ahora, es porque no creo que sea malo llevar alguna disciplina con los escritos. No me gustaría publicar sensaciones momentaneas, sino perdurables.
Aún así, mi gusto por la aventura me lleva a querer escribir esto, donde no pretendo otra cosa sino un texto excento de revisiones previas y sin reflexiones temporales. Algo que sea más personal, como muchos dicen. Me estoy negando el deseo de leer lo escrito hasta ahora y corregirlo. Este texto debe de ser hecho una sola vez. Si no se consigue, yo como escritor, pierdo, y gano como retador.

el sentido de la vida

Un hombre nació, creció y murió. Así de simple. Se suicidó a los sesenta años. Al arrojarse del puente, descubrió el sentido de la vida.

Mi instinto dormido

el hombre precavido

El hombre calzó sus zapatos viejos porque probablemente llovería. Caminó rumbo al trabajo porque no quería que su coche volviera a fallar. Se detuvo en cada esquina antes de cruzar, temiendo que algún auto hiciera caso omiso del semáforo y pasara como loco encima de él. Antes de llegar a su oficina compró el periódico por si algún cliente preguntaba por el diario. Entró por la puerta derecha porque probablemente la puerta de la izquierda estaba atorada. Entró a su oficina y abrió la ventana para expulsar el aire que quizá se aglomeraría durante las próximas horas. Llamó a su casa para preguntar si no había dejado algo encima de la mesa. Trabajó hasta las cuatro de la tarde por temor de que en cualquier momento se presentara el supervisor.
Salió agotado de la oficina, más que por lo que hacía, por sus obsesiones. Recorrió el camino a casa tomando las mismas precauciones. Su mujer no lo podía tolerar más, se desesperaba, la sacaba de quicio. Esa noche fue el punto final de su relación. Antes de irse a la cama, discutieron. Ella estuvo apunto de salirse de la casa y abandonarlo de una vez. El hombre también se llenó de rabia, pero el temor de golpearla de un instante a otro, lo detuvo, haciendo que se tranquilizara y después, que tuviera sueño. Su mujer, cautelosa como todas las mujeres, no era nada precavida. Una vez que su pareja entró entre los sueños, sus manos femeninas asfixiaron al hombre.
Lo que ella nunca supo (aclaro que me he enterado por tener este oficio), es que el hombre se durmió porque no quería perder la vida en esa noche. Creyó que estaría a salvo dentro de sus sueños, con la mente volando, al lado de la última persona que le podía hacer algún tipo de daño.

Los votantes que ardieron una mañana y el preso que salió ileso

*Un amigo me contó la siguiente historia:

El 25 de mayo de 1912, en un pueblo del sur de Estados Unidos, se iban a llevar las elecciones para alcalde municipal. Tres días antes del 25, el volcán que vigilaba al pueblo empezó a exhalar humo. Los habitantes se exaltaron, pues tenía más de 100 años de estar inactivo. Muchos decidieron abandonar sus casas e irse al pueblo más cercano. Joseph Truen, quien era el hombre que se perfilaba para alcalde, pidió al diario local que no hablara acerca de la actividad repentina del volcán hasta pasar las elecciones, para que las personas no huyeran y pudieron votar. El director del periódico estuvo de acuerdo, así como las autoridades en turno, con las cuales se acordó desalojar de inmediato a las personas después de las elecciones.
Cerca de 30,000 personas eligieron quedarse al no tener noticias de una posible erupción que parecía inminente. En los dos días siguientes el volcán arrojaba cada vez más humo, los habitantes se impacientaban, y las autoridades trataban de conservan la calma, hasta que el día 25 llegó.
El volcán explotó esa mañana, matando aquellas 30,000 personas que deseaban votar. Todos murieron, a excepción de una persona, la cual era un preso que logró sobrevivir por estar recluido en una celda de máxima seguridad. Curiosamente ese día sería ejecutado.

la prisa

Un hombre veía televisión en una tarde de domingo. Mientras escuchaba los comerciales, se levantó y empezó a correr hacia la puerta de su casa. Salió sin anunciarlo, bajó las escaleras a toda prisa, se enfrentó con la calle, y continuó su marcha bajo el mismo ritmo. Tenía que llegar lo más pronto posible.
Las personas que lo miraban, sorprendidas o asustadas, se apartaban de él. El hombre atravesaba avenidas, callejones, parques, puentes, sin detenerse. La urgencia de llegar era inapelable, nadie se atrevía a detenerlo, a ofrecerle su ayuda. Se introducía en los atajos, pasaba las barreras que aparecían de pronto y aumentaba la velocidad cuando era posible.
Muchos habrían jurado que ese hombre jamás se detendría, pero el cuerpo alguna vez se agota, las piernas desobedecen y los pensamientos se ablandan. Se recargó entonces en el barandal de un puente y miró por donde había recorrido. No podía creer que todo ese trayecto lo había cruzado en unos minutos. Trató de respirar, descansar y tomar fuerzas para seguir. Pensó en la distancia que le faltaba por recorrer para calcular el ritmo con el que seguiría, pero no recordó el lugar, ni con quien iría y mucho menos el motivo que lo hizo levantarse del sillón.

¿Cuándo nace un texto?

El texto nace en varias ocasiones: la primera sucede cuando en el autor surge la idea que lo llevará a escribir. Se dirige después hacia la hoja y toma la pluma. Una vez escrita, nace por segunda vez. Al pasar el tiempo, y esto puede llevar hasta años, el autor consigue publicar sus textos. Una vez que sale el libro de la imprenta el texto empieza a rodar, a respirar por su cuenta. Esa independencia total es su tercer nacimiento. Pero como los buenos textos tienen largas vidas y no son perezosos, pronto aprenden a caminar, a defenderse y a buscar lectores. Cuando los hallan, nacen por última vez.

los buenos trazos nunca se olvidan

los buenos trazos nunca se olvidan

"Al contrario que en la música, en la pintura no hay niños prodigios. Lo que se considera como genialidad precoz es la genialidad de la niñez. Y ésta desaparece con los años. Puede ocurrir que un día uno de eso niños llegue a ser un verdadero pintor o incluso un gran pintor. Pero tendría que empezar desde el principio. En cuanto a mi, yo no tuve esa genialidad. Mis primeros dibujos no hubieran podido ser enseñados en una exposición de dibujos infantiles. Me faltaba la -torpeza- del niño, su ingenuidad. Yo a los siete años hacía dibujos académicos con una exactitud tan minuciosa que yo mismo me asustaba"

P ABL O P I CAS S O